lunes, 19 de agosto de 2013

La educación y los tres cerditos, por Salvador Rodríguez Ojaos

La educación y los tres cerditos

A decir verdad, el ochenta por ciento de los profesores son sádicos o incompetentes. O unos sádicos incompetentes. Van acumulando estrés y luego se desquitan con los alumnos. Hay cientos de pequeñas normas absurdas. Se crea un sistema que aplasta la personalidad del individuo y sólo los idiotas sin una pizca de imaginación sacan buenas notas.” Haruki Murakami: Baila, baila, baila.

Todos conocemos la versión clásica del cuento de Los tres cerditos. Pero resulta que en la verdadera historia de los tres cerditos hay muchas cosas que tienen que ver con la educación. Como seguramente no la conoceréis, os la explicaré con mucho gusto:

Había una vez una granja donde todos los cerditos se dedicaban al noble arte de enseñar. Todos enseñaban de la misma manera porque “siempre se había hecho así”. Un día tres cerditos curiosos, cansados de hacer siempre lo mismo y después de leer lo que Murakami había escrito sobre la escuela, decidieron huir de la granja y enseñar por su cuenta utilizando otros métodos.

Así que, una noche oscura, hicieron un agujero en la valla que rodeaba la granja y se marcharon de allí para no volver nunca. Tras unos días caminando sin rumbo fijo encontraron un precioso lugar donde establecerse, una comarca repleta de animales a los que enseñar como ellos querían.

Cada uno de los tres cerditos decidió abrir una escuela distinta. El primero de ellos, que era curioso pero de naturaleza poco dada al esfuerzo y al sacrificio, levantó una escuela de ramas y paja. El segundo, un poco más dado a esforzarse pero que se distraía con facilidad, construyó una escuela de madera. Y el tercero, que era el más dado a la reflexión y al sacrificio, el que valoraba más los pros y los contras de su manera de enseñar, edificó una escuela con ladrillos y cemento y unos profundos cimientos.

Los tres estaban muy contentos porque ya no enseñaban como lo hacían todos los habitantes de su granja. Pero un día, sin previo aviso, apareció por allí un terrible lobo hambriento que se dedicaba a supervisar y a evaluar lo que hacían en las escuelas de esa comarca. El lobo llegó a la primera escuela, la observó atentamente y le dijo al primer cerdito:

“Crees que estás enseñando de manera diferente a como lo hacen los demás, pero estás equivocado. Tan solo has sustituido unas cosas por otras, pero les das el mismo uso.” Y el lobo sopló y sopló… y la escuela de ramas y paja voló por los aires.

Más tarde, el lobo llegó a la escuela de madera, la observó atentamente y le dijo al segundo cerdito:

“Has cambiado algunas cosas, pero tan solo las superficiales. Tus alumnos no se limitan a memorizar interminables listas de datos, pero siguen siendo receptores pasivos de contenidos. Les permites hacer algunas cosas por ellos mismos, pero no les planteas retos que deban resolver por sí mismos con sus propios recursos.” Y el lobo sopló, sopló y volvió a soplar… y la escuela de madera se derrumbó.

El lobo, un poco decepcionado, se dirigió a la escuela de ladrillo y cemento, la observó atentamente y le dijo al tercer cerdito:

“Tú sí que has cambiado la manera de enseñar a tus alumnos. Has entendido sus necesidades y la de los tiempos en los que viven. Has edificado una escuela con cimientos profundos. Has convertido a tus alumnos en creadores de contenido, en sujetos activos de su aprendizaje. Has entendido lo que es el nuevo paradigma educativo.” Y el lobo sopló, sopló y volvió a soplar hasta quedarse sin aliento y la escuela permaneció de pie, intacta. El lobo, contento en el fondo de su ser, se marchó con el rabo entre las piernas.


Los dos cerditos que se habían quedado sin escuela se dieron cuenta de su error y levantaron nuevas escuelas de ladrillo y cemento. Las tres escuelas eran parecidas, pero no iguales: una era verde; otra, roja; y la tercera, azul. Pero en ellas los tres cerditos enseñaron felices durante muchos años y sus alumnos aprendieron y se convirtieron en animales con un gran espíritu crítico y constructivo. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.